Neutralizar el riesgo, diluirlo, minimizarlo, es la médula misma del seguro, función y causa del mismo. Anticiparse al mismo, prevenirlo, reducir el impacto sobre la integridad de un patrimonio, la integridad e indemnidad de la persona, perimetrar su frecuencia, su intensidad, su variabilidad, son ejes cardinales del seguro, tanto desde una óptica de eficiencia jurídica, como sobre todo, económico actuaria.
La contignencia del riesgo, la aversión al mismo, atrapa la vida diaria del ser humano, su patrimonio, su responsabilidad, los negocios, etc., graduando e intensificando ese mismo riesgo a la hora de sus asunción, sea ésta propia o ajena a través de tercero. Saber y deslindar el qué, el quién, el cómo, el cuándo, el cuánto, el dónde perfilan, configuran y delimitan el riesgo efectivo que el contrato de seguro traza y la aseguradora cubre.